viernes 22 de septiembre, 2017

Estados Unidos bombardea a ISIS y a otro grupo fundamentalista: Khorassan.

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Estados Unidos bombardea a ISIS y a otro grupo fundamentalista: Khorassan.

En los últimos años, el mundo asiste a la dramática multiplicación de un nuevo tipo de entidad política, que no solo quiere golpear a Occidente, sino crear su propio Estado fundamentalista.

Boko Haram, en África occidental; Al-Shabab, en África oriental; el Emirato Islámico en el Cáucaso; Jund al-Khilifah, en Argelia; Khorassan en Siria, y, desde luego, Estado Islámico (EI) en Siria e Irak son apenas algunos ejemplos. Con pretensiones más o menos internacionales, todos ellos se han fijado estos objetivos.

Hasta hace poco tiempo, el paradigma del terrorismo islámico se resumía en dos palabras: Al-Qaeda. Muerto Osama ben Laden, el mundo creyó que con él había terminado su cortejo de diatribas antioccidentales, atentados y muertes.

Los especialistas sabían, sin embargo, que sus seguidores no habían desaparecido y que nuevas organizaciones se alistaban para ocupar el terreno. Esos grupos son desprendimientos de la red fundada por Ben Laden y heredada por Abu Mussab al-Zarqawi.

Mientras los jihadistas de Estado Islámico (EI) prosiguen su feroz ofensiva, el drama humanitario se agrava en el norte de Irak y Siria. Según la ONU, unos 200.000 refugiados kurdos del norte de Siria huyeron de EI hacia Turquía, que espera recibir hasta 500.000 personas de los pueblos fronterizos. Allí los espera una vida con poco o nada.

Luchas internas, rivalidades y ambiciones dentro de ese movimiento -disfrazadas de antagonismo doctrinario- dieron origen con el tiempo al nacimiento de grupos más radicalizados.

La escisión más notoria fue la que protagonizó Abu Bakr al-Baghdadi (41 años), cuando se distanció del líder Al-Zarqawi para crear el Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL). Años después, el enfrentamiento persistió con el sucesor de Ben Laden, el egipcio Ayman al-Zawahiri.

El movimiento fue finalmente rebautizado Estado Islámico (EI) cuando Al-Baghdadi se autoproclamó “califa Ibrahim”. Al-Baghdadi no oculta su ambición de crear un califato que cubra los territorios de Siria, Irak, Jordania y el resto de Medio Oriente. “Y después de eso, iremos por el resto del mundo”, declaró recientemente uno de sus voceros.

Otro de esos grupos es el Frente Al-Nusra. Miembro de la galaxia Al-Qaeda, es una de las organizaciones más sólidas de resistencia contra el régimen sirio. Contrariamente a sus homólogos en el terreno, que luchan para provocar un cambio político en Siria, Al-Nusra persigue objetivos ideológicos y jihadistas: como EI -con el que está enfrentado- también pretende establecer un Estado islámico, aunque principalmente en territorio sirio. Su líder, Abu Yousef al-Turki, habría muerto la semana pasada en un bombardeo norteamericano.

En esos 14 ataques del martes pasado en Siria, Estados Unidos disparó por lo menos ocho de sus misiles contra el santuario de un grupo hasta ese momento desconocido: Khorassan.

El movimiento, definido por Washington como “otra amenaza potencial tan peligrosa como Estado Islámico”, está formado por un núcleo duro de experimentados elementos de Al-Qaeda, procedentes de Afganistán y Paquistán, que se instalaron en Siria para preparar atentados contra objetivos e intereses occidentales.

Muchos de sus integrantes están formados en las técnicas más sofisticadas de terrorismo y cuentan con la experiencia reunida en esos dos países.

Hasta ahora, Khorassan formaba parte de la galaxia de grupúsculos que integran el Frente al-Nusra. Según los servicios de inteligencia occidentales, su principal dirigente sería Muhsin al-Fadhli, un kuwaití de 33 años que, al parecer, fue miembro del círculo de confianza de Ben Laden. A pesar de que en esa época tenía 19 años, habría sido uno de los pocos que conocieron desde el principio los preparativos de los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Si la situación actual es explosiva, Siria fue en realidad el detonador. Cuando comenzó la guerra civil, con el pretexto de participar en la Jihad (guerra santa) contra el dictador Bashar al-Assad, EI y numerosos grupos islamistas utilizaron el conflicto como campo de experimentación militar y administrativa con la mirada puesta en objetivos más ambiciosos. Ese conflicto, que atrajo a los fanáticos religiosos de todo el mundo, terminó transformándose en un campo de entrenamiento militar y adoctrinamiento religioso para miles de terroristas que se han convertido en una verdadera pesadilla cuando vuelvan a sus países.

En ese sentido, Siria operó como el primer conflicto de Afganistán (1979-1989). Los jihadistas extranjeros que acudieron para reforzar las filas islamistas en la lucha contra los soviéticos son los mismos que años después formaron el Frente Islámico de Salvación (FIS) y el Grupo Islámico Armado (GIA), que participaron en la guerra civil contra el poder central entre 1991 y 2002.

Algunos irreductibles jefes militares islamistas que participaron en ese conflicto son los que después crearon movimientos autónomos que se unificaron dentro de la filial de Al-Qaeda en el norte de África, denominada AQMI (Al-Qaeda del Magreb Islámico). Esos líderes encontraron formas de supervivencia operando en el Sahara y el Sahel, a tal punto de extender la amenaza islamista hasta las puertas de Bamako (Mali).

Un reciente cisma dentro de AQMI fue el que dio origen a la creación del grupúsculo argelino Jund al-Khilifah (Soldados del Califato), cuya primera acción fue secuestrar y decapitar el domingo último al francés Hervé Gourdel.

Otra vertiente de Al-Qaeda, mientras tanto, se expandió al borde del Índico desde Somalia hasta Kenya y Tanzania.

Eso significa, en síntesis, que en 13 años el foco inicial se propagó desde Afganistán hasta el resto del mundo árabe y a la mitad norte de África.

Pero la galaxia islamista no se termina allí. Hace años que otros grupos influencian la agitada vida política de Medio Oriente y de Asia.

Ése es el caso de Hezbollah o Partido de Dios. Esa organización chiita libanesa, que dinamitó el cuartel general de los marines norteamericanos y el cuartel de las fuerzas francesas en Beirut en 1983 y provocó 299 muertos, fue creada en 1982 como movimiento de resistencia a la invasión israelí y la ocupación del sur del Líbano, y cuenta con el apoyo absoluto de Irán.

O como el Hamas palestino y el Jammat-i-Islami (JI) en Paquistán, que también milita por el establecimiento de un Estado islámico gobernado por la sharia. Incluso del Frente de Defensa del Islam (FPI) en Indonesia, dirigido por un grupo de ulemas que pretenden imponer el derecho musulmán en todo el país.

En todo caso, la brutal radicalización del conflicto con los islamistas en los últimos meses -debido a la ofensiva de EI en Irak y la creación de una coalición antijihadista- generó una inmediata escalada que amenaza con extender el conflicto fuera de los límites del mundo árabe. La manifestación más grave de esa escalada es el llamamiento a todos los musulmanes a matar occidentales en cualquier parte del mundo, formulado el lunes pasado por EI. Ese lúgubre mensaje presagia luctuosos atentados, asesinatos o insensatos episodios de violencia. (Fuente La Nación).

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