sábado 23 de septiembre, 2017

Un libro revela los secretos de Jorge Born en su cautiverio hace 40 años.

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La periodista María O'Donnell indaga sobre el millonario secuestro de Montoneros.

Un libro revela los secretos de Jorge Born en su cautiverio hace 40 años.

En su último libro, la periodista María O’Donnell indaga sobre el millonario secuestro de los hermanos Born por parte de Montoneros, extrayendo increíbles revelaciones . Infobae publica un adelanto.

La historia del secuestro de los hermanos Jorge y Juan Born, herederos del imperio económico Bunge y Born, me desvió del libro que había pensado escribir.

Había comenzado una investigación sobre la relación entre la política y el dinero que fuera de lo particular a lo general: casos concretos que mostrasen el vínculo estrecho entre los aportes a las campañas en sus diversas formas y las decisiones de los gobernantes. Revisé la historia del indulto que Carlos Menem concedió a Mario Firmenich, el dirigente de los Montoneros, la guerrilla peronista que había dejado las armas con la democracia y había apoyado al candidato riojano para las elecciones de 1989, con una generosidad que me pareció un ejemplo de ese tipo de intercambios.

Salvo por un detalle. El dinero que los Montoneros habían aportado a la campaña menemista provenía del rescate que habían cobrado por el secuestro de los herederos. Pero ni remotamente se acercaba a la cifra descomunal que había pagado Jorge Born II, el padre de los hermanos. Sesenta millones de dólares de hace cuarenta años. Actualizado según el índice de inflación de los Estados Unidos, el equivalente a 260 millones de dólares de hoy: una cifra récord, nunca superada. Seguí indagando.

Nueve meses de cautiverio. Dos herederos ricos, de cuarenta años, en manos de un grupo de guerrilleros compuesto, en su mayoría, por veinteañeros. El cobro cinematográfico del rescate, una parte en la Argentina, otra en Suiza. La muerte sospechosa del banquero a quien le habían confiado parte de los fondos, David Graiver. El papel de Cuba, último refugio del botín. La represión en la dictadura, al servicio de la búsqueda del dinero. La resistencia montonera, financiada con los dividendos del secuestro. El único caso por el cual sentenciaron a Mario Firmenich tras la recuperación de la democracia. Parte de la explicación detrás los indultos. En la carrera final, una persecución desesperada por la plata remanente.

El secuestro de los Born se bifurcaba una y otra vez en intrigas y misterios sin explorar. Quedé atrapada por la historia. Percibí que no se había contado aún en toda su dimensión.

Y lo más importante: faltaba la voz de su protagonista, Jorge Born, el heredero de un imperio que pasó nueve meses en ropa interior encerrado en las cárceles del pueblo de los Montoneros, entre septiembre de 1974 y junio de 1975.

Once meses antes que a los Born, en Italia habían secuestrado a John Paul Getty III, el nieto díscolo del petrolero estadounidense Paul Getty. Aunque era uno de los hombres más ricos del planeta, Getty se resistió a pagar el rescate por razones morales (“no pienso ceder a un chantaje”) y prácticas (“si entrego el rescate por uno de mis nietos, tendré a los otros catorce nietos secuestrados”).

Un sobre llegó a la redacción de un diario de Roma. Contenía un rulo de pelo rojo y una oreja. Una nota breve decía que había pertenecido a John Paul y que, si no se pagaba en diez días, llegaría la otra oreja, y así: “En otras palabras, regresará en pedacitos”. Solo entonces Getty aceptó entregarle a su hijo 2,2 millones de dólares (el máximo que podía deducir de impuestos) y le prestó los 800.000 restantes —a un interés del 4 por ciento anual— para cumplir la exigencia de los secuestradores y salvar la vida del nieto.

Uno de los pocos datos que se conocía del secuestro de los Born lo emparentaba con el caso Getty: el cautiverio no se había extendido por la voluntad de los Montoneros, sino por la resistencia de Jorge Born II a pagar el dinero que le exigían. Al cabo de seis meses, el colapso emocional en el que se hundió Juan precipitó la negociación. Aunque debió esperar nueve meses para su liberación, Jorge encontró razonable la actitud del padre. Esa comprensión franca, a pesar del costo personal que él había pagado en su celda minúscula, me intrigó. Después de que se hubieran entregado 60 millones de dólares por sus vidas, los Born se perdieron sin dejar rastros.

Si volvían al país, los detendrían por haber realizado tremendo aporte a una banda guerrillera en la clandestinidad. Los hermanos se asentaron en Brasil y allí prosperó el grupo Bunge y Born. Pero en el fondo seguían a la espera del momento para regresar a la Argentina. Y cuando sucedió, casi quince años después de su partida, ya muerto el padre y terminada la dictadura, Jorge Born III se alió con uno de sus secuestradores y carceleros, Rodolfo Galimberti. Ambos querían algo del otro: el empresario, rescatar parte de los millones que le habían arrebatado; el ex montonero, su libertad, un pago por servicios que facilitaran ese recupero y un regreso con gloria al escenario nacional.

La crónica periodística se fascinó con esa amistad. Lo asoció al Síndrome de Estocolmo: el afecto que una víctima, en determinadas circunstancias, puede llegar a desarrollar por quien la somete, según el psiquiatra Nils Bejerot, quien observó la relación entre una rehén y sus captores durante la toma de un banco ocurrida en la capital de Suecia.

El caso más conocido del Síndrome de Estocolmo fue el de Patricia Hearst, la rica heredera del imperio editorial más importante de los Estados Unidos. El 4 de febrero de 1974 —siete meses y medio antes que los hermanos Born cayeran en manos de los Montoneros— la secuestró el ignoto Ejército Simbionés de Liberación (Symbionese Liberation Army, SLA), un grupo de guerrilleros excéntricos. Pasó dos meses encerrada, violada y bajo amenaza de muerte, pero en abril de 1975 una fotografía la mostró con una carabina M1 en un asalto a un banco en San Francisco. La nieta de William Randolph Hearst —cuya vida es la fuente principal del personaje del Ciudadano Kane, la película de Orson Welles— se sumó al SLA y asumió el nombre de Tania, en honor a la compañera argentina del revolucionario Ernesto Che Guevara.

Se convirtió en asaltante de bancos y fugitiva número uno de las fuerzas federales. Obligó a su padre a repartir 4 millones de dólares en alimentos entre los pobres de San Francisco. La detuvieron en septiembre de 1975 y la condenaron a treinta y cinco años de cárcel. La justicia no hizo lugar al pedido por su libertad sobre la base de que sus captores le habían lavado el cerebro. El presidente Jimmy Carter conmutó su sentencia a veintidós meses, y Bill Clinton la indultó. Patty se casó con Bernard Shaw, uno de los guardaespaldas de la empresa del padre.

Born II, por exigencia de los Montoneros, también debió repartir alimentos en barrios carenciados —mercadería por valor de un millón de dólares— en camiones de su empresa. Y cuando los hermanos recuperaron su libertad, Bunge y Born contrató a una compañía de seguridad privada del comisario Miguel Etchecolatz, uno de los represores más bestiales de la última dictadura militar.

Durante meses leí todo lo que se había escrito sobre el caso y revisé más de cincuenta cuerpos de dos expedientes judiciales referidos al secuestro. Entrevisté a muchos protagonistas de aquellos años. Pero sentía que sin el testimonio de Jorge Born no iba a lograr captar la profundidad de la historia: escondía un drama humano que también merecía ser contado.

Para sobrevivir en la clandestinidad, los Montoneros habían establecido un sistema de células compartimentadas a las que les daban un mínimo de información, la necesaria para operar y no comprometer a otros. “Por eso yo soy el único que conoce la historia completa”, me dijo Born la primera la primera vez que me recibió, en sus oficinas con vista a la Plaza San Martín. “Los que nos secuestraron y nos mantuvieron cautivos solo sabían fragmentos, por cuestiones de seguridad”.

Ese día le dije que trabajaba en un libro sobre la política y el dinero. Pero no me animé a proponerle que si él cooperaba, me gustaba la idea de cambiar el rumbo. Al cabo de tres o cuatro encuentros, siempre los días miércoles alrededor de las diez de la mañana, descubrió que mi único interés giraba alrededor de su vida. Hablamos más francamente. Jorge Born III se entregó sin condicionamientos a nuestra conversación.

“Yo aprendí de la manera más dura a dialogar”, me dijo una mañana. Hablábamos de cierta incomprensión de su círculo social a sus actitudes a partir del secuestro en adelante. Y ahora, a los ochenta años, quería contar su historia. Solo me pidió que le diera a leer el material en crudo de su testimonio, que grabé en mi celular, y que no mencionara el nombre de una persona que hizo de correo entre los Montoneros y su padre. Nada más.

Durante seis meses volvimos muchas veces sobre ciertas circunstancias, y siempre se mostró dispuesto a despejar las dudas que le acerqué. Solo se inquietó un día, cuando le mostré unas fotos de él y de su hermano Juan en una cárcel del pueblo. “¿Dé dónde sacaste eso?”, me preguntó. “Del expediente”, le dije. Le bastó. Y me permitió que indagara hasta en detalles tan íntimos como el baño que le proveyeron durante el cautiverio.

Nadie más de su entorno quiso cooperar con la investigación. Todos los demás habían decidido enterrar el pasado. Él, a su manera, también lo había intentado cuando apoyó los indultos de Carlos Menem a los militares y a Montoneros.

A comienzos de septiembre de 2014 Jorge Born me esperaba en su oficina con un artículo impreso del portal InfoJus Noticias: “Piden investigar a Bunge y Born por la desaparición de veintiséis trabajadores”.

El texto aseguraba que la comisión interna de la planta de Molinos Río de la Plata, en Avellaneda, había estado vinculada a los Montoneros, y que la conexión había servido para que la empresa cumpliera, en 1975, con muchas de las exigencias de los trabajadores durante el secuestro de los Born. Después del golpe de 1976 habían desaparecido veintiséis empleados y delegados gremiales de esa planta y de esa comisión. La denuncia de los familiares de las víctimas —que acompañó el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS)— pedía que se investigara la posible complicidad de la empresa con la dictadura.

El juez de La Plata Humberto Blanco ordenó el allanamiento en Avellaneda y en otras oficinas de Molinos Río de la Plata en búsqueda de documentos que pudieran probar que Bunge y Born había cooperado con la represión en la selección de sus víctimas, con el objetivo de bajar los niveles de conflictividad en la fábrica. “Nosotros vendimos Molinos hace años y los directivos de entonces ya están todos muertos”, me dijo.

A él le resultaba insólito. “Otra vez lo mismo. ¿No te digo? Otra vez lo mismo”, repitió. “Es la historia de nunca acabar”.

El 20 de junio de 2015 se cumplen cuarenta años de su liberación. Durante todo ese tiempo Jorge Born guardó silencio acerca de la experiencia que torció su destino. Porque el secuestro lo había transformado, sin posibilidad de desandar su camino. Llegó igual a la cúspide de Bunge y Born. Pero no pudo cumplir a cabalidad con el papel del heredero para el cual había sido criado por un padre rígido al que siempre admiró. En menos de cinco años lo habían desplazado de la presidencia de la compañía. Se encontró jubilado de la empresa a los 57 años.

El imperio que habían construido el abuelo y el padre con los Hirsch como socios, y que él debía continuar no se desmoronó, pero se deshizo. Los herederos, peleados entre ellos, vendieron las industrias de alimentos, textiles y químicas que habían sido líderes en la Argentina y en Brasil. Bunge y Born se transformó en Bunge Limited, compañía de agronegocios con base en Estados Unidos.

A lo largo de nuestras charlas noté que cargaba con una culpa pesada. Como si en algún momento hubiera defraudado al padre.

Ya al final de nuestros encuentros le pregunté si me podía mostrar un retrato de Jorge Born II. Seguía tan presente en su relato que me había despertado curiosidad. Solo entonces percibí que en la llamativa austeridad del mobiliario de su oficina —un escritorio con una computadora y un teléfono, una mesa redonda de vidrio con cuatro sillas de cuero negro, unos diplomas— se destacaban solo dos imágenes. Una foto en un portarretrato.

Una pintura al óleo, obra del artista Héctor Basaldúa, enorme. Ambos representaban a Jorge Born II, el magnate que se dejó torcer el brazo y pagó por la vida de sus hijos el rescate más caro de la historia mundial. (Fuente Infobae).

“Born”, de María O’Donnell (Editorial Sudamericana).

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