lunes 25 de septiembre, 2017

Plebiscito por la paz en Colombia: ¿Quién se arrodilló con el acuerdo?

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El domingo votan por el Sí o por el No.

Plebiscito por la paz en Colombia: ¿Quién se arrodilló con el acuerdo?

Es importante tener claridad en la respuesta, ya que el domingo se celebra un plebiscito en el que los colombianos tendrán que votar a favor o en contra de un acuerdo de paz negociado a lo largo de cuatro años, y firmado en una solemne ceremonia el lunes en Cartagena de Indias.

El presidente, Juan Manuel Santos, no se ha pronunciado, más allá de declarar que toda Colombia ha salido ganando. Álvaro Uribe, el líder de la campaña por el no —es decir, para el sí a la continuación de una guerra que ha durado 52 años— no tiene ninguna duda: el Gobierno de Santos se ha “arrodillado” ante las FARC.

Cuesta mucho creer que los líderes de las FARC compartan esta opinión, por más que les gustara hacerlo. El aire político que se respira en Colombia contiene una mezcla tóxica de exageraciones y mentiras, lo cual ha generado una tremenda confusión entre gran parte de la población. Pero, tomando un poco de distancia, se pueden extraer cuatro verdades irrefutables del acuerdo que han suscrito el Gobierno colombiano y las FARC.

Una, que las FARC han acordado abandonar las armas, su principal instrumento de persuasión.

Dos, que el enemigo más directo y letal de las FARC, el Ejército colombiano, se quedará con todo su arsenal.

Tres, que las FARC renuncian a una guerra que ellos iniciaron sin conquistar su objetivo histórico de imponer el comunismo en Colombia.

Cuatro, que el sistema capitalista colombiano queda intacto.

Todo lo cual nos conduce a la gran verdad contenida en el corazón del acuerdo de paz: las FARC se han rendido.

No incondicionalmente, eso sí. Si algo han logrado en las negociaciones llevadas a cabo en La Habana desde 2012 es evitar la total humillación. Tendrán que confesar sus crímenes ante sus víctimas, quizá en algunos casos se someterán a una especie de exilio interno bajo la custodia del Ejército, pero no irán a la cárcel. Por otro lado, podrán participar en elecciones al Congreso nacional.

Los uribistas piden que se vote no al acuerdo porque consideran que estas dos concesiones significan pagar un precio demasiado alto por la rendición de las FARC y el fin de la guerra. Dado que los guerrilleros jamás firmarían un acuerdo que no incluyera estas concesiones, está claro que los líderes de la campaña por el no están en contra de cualquier tipo de negociación con las FARC, lo que revela a su vez el miedo que les tienen. Como advierten una y otra vez Uribe y su gente, un sí en el plebiscito significaría “entregar el país a las FARC” y convertir Colombia al modelo “castrochavista” de Venezuela.

Lo cual es manifiestamente irracional, ya que la enorme mayoría de los colombianos detestan a las FARC y nunca les darían su voto. La verdad es que si gana el sí en el plebiscito los futuros guerrilleros desmovilizados de las FARC tendrán mucha más razón para sentir miedo que cualquier otro sector de la población. No solo tendrán que convivir con la dolorosa realidad de que su antigua razón de ser ha quedado obsoleta, sino que sabrán que en adelante deberán encomendar su seguridad personal a la buena fe del mismo Ejército contra el que combatieron durante años.

Si gana el sí y las FARC se incorporan a la vida civil, la mejor esperanza que tendrán de protección residirá, precisamente, en el compromiso unánime de sus viejos enemigos de la cúpula militar colombiana con el acuerdo de paz. Los generales saben mejor que nadie cuál es la respuesta correcta a la pregunta de quién ganó las negociaciones, quién ganó la guerra. Saben con certeza científica, basada en los hechos y no en el ruido y la furia de la confrontación política, que no fueron las FARC.

VICTIMAS MILITARES

La Columna Móvil Teófilo Forero, una especie de unidad de élite de las FARC, es la responsable de algunas de las mayores atrocidades que la guerrilla ha cometido durante 52 años. Contra este batallón, dirigido por alias El Paisa, y coordinado desde el Bloque Sur, el que durante décadas manejó gran parte del narcotráfico por su cercanía con Perú y Ecuador, realizaba operaciones en mayo de 2009 el soldado Jairo Alberto Álvarez. El 13 de mayo de aquel año, en una incursión por las selvas del país, accionó un artefacto explosivo. Los siguientes 20 días fueron una lucha constante por tratar de salvar la pierna izquierda. Una combate que Álvarez no pudo ganar. La mina, además del explosivo y la metralla, tenía material fecal y cianuro, dos bacterias que hicieron cualquier esfuerzo inútil. Los médicos decidieron amputar.

El soldado, ahora en labores administrativas aunque aún en activo, sigue con su recuperación el Hospital Militar de Bogotá. A primera vista, su andar no representa mayores dificultades, pero la prótesis le acompañará de por vida, al menos cada tres años deberá regresar al centro para una revisión. Junto a él, otros soldados hacen ejercicios, ven cómo les ajustan las prótesis. Pocos bromean, las sonrisas son esporádicas, predominan las miradas perdidas, el ceño fruncido, el gesto serio. “El dolor físico es intenso, pero la parte psicológica es muy dura. Usted sabe que ha perdido parte de su cuerpo, y que ya no va a volver”, asegura, con la pierna derecha en el suelo y la prótesis sobre una silla.

Durante décadas, el Hospital Militar atendió a las víctimas de la Fuerza Pública en el conflicto. Un centro del terror que llegaba a recibir unos cuatro pacientes al día con lesiones serias. En los últimos años del proceso de paz, pasó de atender unos 1.000 heridos al año a no más de 60. En el Pabellón de los Intrépidos, una traducción literal del inglés que bien hubiese valido la pena convertirlo en Pabellón de los Valientes, una enorme escultura recuerda el pasado no tan lejano de la institución. En los pasillos, apenas hay rastro de los heridos en combate. Uno podría pensar que camina por cualquier hospital del mundo donde el olor incluso suele ser el mismo.

En la sala de ortopedias el panorama cambia. La mayoría de los que acuden a diario o hacer revisión de sus prótesis son mutilados por explosión de minas antipersona. Durante las tres últimas décadas de conflicto, más de 11.000 personas han sido víctimas (2.000 muertos, el resto heridos; el 10%, niños). El Gobierno y las FARC se comprometieron a trabajar conjuntamente para desminar el país.

El doctor Ricardo Uribe, director del servicio de Trauma del Hospital Militar, no puede esconder la satisfacción por la reducción del conflicto. Le ha tocado coordinar las mayores catástrofes del país y supervisar auténticas carnicerías en los cuerpos de los soldados. No cree que solo se haya ganado por ese lado. Uribe destaca también la reducción de los costos. “Los estudios apuntan a que una víctima de combate puede suponer al Estado entre 40.000 a 100.000 dólares solo en la atención hospitalaria. Después, tienen que venir a revisiones cada cierto tiempo. Además, todos los heridos cuentan con indemnizaciones que da el Estado por la pérdida de extremidades u órganos. Algunos, de hecho, quedan pensionados. Lo que se va a ahorrar a partir de ahora irá destinado a otro tipo de mejoras necesarias.

Pocos de los lisiados quieren pronunciarse sobre el plebiscito del próximo domingo. Muchos de ellos, al estar en activo, no podrán votar. Predomina una sensación agridulce. Unas ganas de mirar hacia delante que se transforman en cierta medida cuando se detienen ante su amputación. “No haber tenido en cuenta el factor emocional en el tratamiento no permite tener una evolución exitosa”, explica Ángela María Báez, psicóloga del centro.

Gabriel Abreu tiene 25 años. Desde hace seis le falta media pierna izquierda. “Guardo mucho rencor, en el conflicto armado ellos son nuestros enemigos. Asumir que a usted le han quitado una pierna no es fácil”. Ninguno rechaza la negociación de la paz, pero recurren constantemente a que se necesite “una paz justa”, aunque dan por hecho que eso puede ser un oxímoron. Víctor Manuel Vera es uno de los pocos mutilados que no perdió una pierna por una mina. Sufrió una emboscada de la guerrilla en la que murieron dos de sus compañeros. Él quedó herido en una pierna. La dificultad a la hora de ser trasladado le hizo perder mucha sangre. No hubo otra salida que amputar. “Yo no guardo rencor, lo único que quiero es que piensen que lo que han hecho estuvo equivocado, que se unan a la tranquilidad de la paz, que todos somos colombianos”. (Fuente El País de España)

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